• El vuelo de la Vida por Amaya Alayo Terry


    Hace 8 días fue el accidente, terrible, en La Habana Cuba. Tal como lo revela este post que se publicó el día del desastre:




    Este y muchos accidentes más han dejado secuelas, sin embargo el que un avión se caiga, es más que eso. Son daños colaterales tal como refleja este escrito de nuestro hermano y colega cubano Amaya Alayo, quien ha vivido en carne propia el accidente del XA-UHZ.

    Cuando un avión despega uno siente que el estómago está más cerca del corazón o que son la misma cosa, y hasta que no se vuele sin que el ascenso sea un abrupto contrapicado, ese susto, ese “de pronto” no pasa. Y luego pasa uno a olvidarse del estómago y a ocuparse del zumbido de los oídos y llegan a desoírse finalmente todos los síntomas del ascenso… y del aterrizaje.

    Da igual si subes o bajas en un Airbus o en un Boeing 737, como el que se elevara y cayera este viernes sobre La Habana sin que hubiese tiempo, apenas, para que sus pasajeros acomodaran los sobresaltos del despegue. Sin margen para ir de un susto a otro y entender si era porque ascendían o era porque descendían. Si de pronto iban a la tierra o al cielo. O a los dos lugares al mismo tiempo, como ya sabemos.

    Parece caótico, sin sentido. Parece la muerte. Y también se me parece a la vida, tan llena de esos “de prontos” y cosas absurdas.

    ¿O cómo uno entiende que un joven sobreviva a una complicadísima operación del cerebro, que incluso haya tenido que viajar al extranjero con la anuencia del Sistema de Salud porque acá no podía intervenirse, que se haya salvado de esa dolencia rarísima, y que luego de un turno médico de rutina, de regreso a casa, se muera? Que se muera después de salvarse.

    ¿O que un médico se aleje durante años, que se pierda la vida de sus seres (a costa de ayudar a otros) y a cambio de cosas que envejecen y se gastan, y terminen todos perdiéndolo a él y él perdiendo todo?

    ¿Cómo se descifran las lógicas del destino que mata a un padre, luego de felicitar a su hijo que cumplía 12 años, cuando muy probablemente ese niño no quiera crecer nunca para no acordarse de que su aniversario de vida es también aniversario de muerte?

    ¿Qué se le dice al hijo de un ingeniero de vuelo que tantas veces veló por la seguridad en las alturas, luego de que su padre se elevara al cielo como pasajero normal en el único vuelo en el que podría relajarse, no estar al tanto de nada…? ¿Quién lo convence de que la muerte y la vida se tejen de probabilidades?

    ¿Qué podrían decir las cajas naranjas, que solo las llamas terminan nombrando negras, cómo para que las culpas encausen el dolor y los vivos entendamos cómo una cosa lleva a la otra y la vida a la muerte? Y viceversa, la muerte a la vida: porque los sobrevivientes, los que no conocíamos a esos muertos, debemos creer ahora con más fuerza en la intensidad de los días. Los familiares no. A estas alturas no pueden comprender nada todavía.

    ¿Quién les traduce “el espíritu santo “a los huérfanos de los 10 matrimonios religiosos que tantas veces debieron haberle dicho a sus hijos que Dios era amor y misericordia? El mismo Dios que los desamparara después de una tragedia que haría decir al reverendo de esa orden: “eso no se explica con palabras”. Pero los niños son preguntones y él lo sabe, y el Dios todopoderoso, más. ¿Entonces?

    ¿Quién convence a la avileña Trinchet, que perdió dos hermanas de un solo estallido, que ahora debe ser más fuerte de lo que ya debía serlo con su hijo padeciendo una horrible enfermedad? ¿Quién se atreve a decirle que la vida sonríe?

    ¿Cómo se lee una lista de fallecidos sin que el consuelo le alcance ni aquellos que, al menos, tuvieron una despedida? Cuando sabes que las despedidas en los aeropuertos son tan inservibles, pues el tiempo en los salones de espera casi siempre te deja con ganas de otra, y otra tampoco hubiese bastado porque la gente nunca entiende que un adiós puede ser el último hasta que es.

    Hay tanto de absurdo en ese vuelo, tanto de muerte…y de vida.


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